• Rodolfo Herrera Bravo

¿Es usted un neoluddita o un tecnófilo? (Parte I)


(Opinión publicada en octubre de 2013)

A diario conocemos personas que miran a las tecnologías de información desde posiciones extremas y contrarias. ¿Sabe si pertenece a uno de esos grupos?

Ayer me topé con un par de personas –un abogado y un ingeniero- que me trajeron a la memoria el estereotipo de muchos a quienes he conocido en estos años de trabajo en Derecho Informático.

Si se pudiera clasificar a uno y otro, son dignos exponentes de dos posturas extremas sobre como mirar y enfrentar a las tecnologías de información. Resultan dos posiciones contrarias que difícilmente convergen en algún punto. Es más, cuando me he topado con ambos tipos de enfoques en alguna reunión, suelen caer en discusiones bizantinas y no es fácil adoptar acuerdos.

Se trata de los neoludditas y los tecnófilos. Por si no saben cómo identificarlos, aprovecho para contar algo sobre ellos. Tal vez ustedes mismos pueden pertenecer a uno u otro de estos estilos.

Los neoludditas: parando un Tsunami con el cuerpo

A principios del siglo XIX se desarrolló en Inglaterra un fuerte movimiento contra la entrada de las máquinas en la vida laboral.

La resistencia se manifestaba a través de atentados organizados que realizaban grupos de hombres, mujeres y niños, quienes irrumpían en las fábricas textiles, destrozando la maquinaria.

Así, según ellos, buscaban impedir que fueran reemplazados por la tecnología. Era un temor real, ya que para manejar una de esas máquinas quizás bastaban cinco personas que lograrían la misma producción que decenas de trabajadores. Por ello, frente a esa reducción considerable de personal que necesitaba el dueño de estas fábricas, le permitía a éste ofrecer sueldos de hambre que los trabajadores no podían rechazar.

Estos ataques contra la cara cruda de la revolución industrial –esos dramas humanos que ocasionó el cambio de las reglas del juego-, se vio en los condados de Yorkshire y Nottinghamshire, bajo el liderazgo de un personaje inventado por el movimiento, conocido como Ned Ludd. De ahí que se les denominara “ludditas”.

Como resulta evidente, los neoludditas corresponden a la versión actual de este movimiento, eso sí, ahora contra las nuevas tecnologías de información.

Forman parte de los “nuevos bárbaros” de que habla Alvin Toffler en “El cambio de poder”, ya que con sus actitudes reaccionarias en contra del proceso de globalización, se ponen a la par del fundamentalismo religioso o las corrientes xenófobas, creando una suerte de “ecoteocracia” que aspira a una regresión al pasado preindustrial, según indica.

Por supuesto, hay un pensamiento neoluddita más fundado –lo compartamos o no-, que podría ser comprendido mejor si citamos las palabras de uno de sus representantes, el famoso “Unabomber”. Se trata del matemático Theodore Kaczynski, quien desarrolló una campaña terrorista en Estados Unidos contra la tecnología moderna basada en el envío de cartas-bomba a universidades y aerolíneas, entre 1978 y 1995.

En su manifiesto señala:

“La revolución industrial y sus consecuencias han sido un desastre para la raza humana. Han aumentado mucho la esperanza de vida de quienes vivimos en países “avanzados”, pero han desestabilizado la sociedad, han hecho que la vida sea insatisfactoria, han sometido a indignidades a seres humanos, han producido un sufrimiento psicológico en el Tercer Mundo (también un sufrimiento físico) y han infligido grave daño al mundo natural.”

Como no compartir sus palabras, cierto. Pero… ¿y los atentados? Con las bombas murieron 3 personas y dejó a varios heridos. Hoy está con cadena perpetua. El abogado que mencioné al principio es un exponente cercano al neoluddismo, aunque sin la convicción de un Kaczynski y sin las acciones extremas.

Es una versión light, muy común, más bien como un tecnófobo que mira a la tecnología como la complicación del día a día, como algo superficial del que tienen que ocuparse otros, ya que no está a “su altura” el saber cómo usar un celular o enviar un correo electrónico.

Siendo sincero, creo que ese estilo es más una careta para ocultar un analfabetismo digital preocupante que existe a nivel de profesionales.

¿Y qué pasó con los ludditas?

Los ludditas del siglo XIX, aunque resistieron por un par de años y tuvieron que ser arrasados por un ejército de 10.000 soldados –sí, 10.000-, terminaron ahorcados sin poder frenar el avance tecnológico de esa época. Si miramos la realidad actual, no cabe duda que los neoludditas tampoco enfrentan un buen pronóstico si su objetivo es mantenerse “desconectado” de la tecnología.

Eso implica comprender que el avance tecnológico debe ser a escala humana, inclusivo, como una herramienta más que un fin en sí mismo. Sé que parece obvio, pero a ratos los hechos indican lo contrario.

En mi opinión, quienes crean la tecnología tienen que respetar un principio ético que ponga a la persona y sus reales necesidades –no las que fuerzan los inventos- sean el centro de su trabajo. No sólo verlo como un emprendimiento rentable de unos pocos a costa de un empobrecimiento de muchos.

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