• Rodolfo Herrera Bravo

Antes de jugar Pokémon Go... vea esto


Aunque aún no llega oficialmente a Chile, Pokémon Go es la moda actual. En el último mes, casi todos los días se cuenta algo sobre este juego de realidad aumentada y con razón. No lo niego, parece ser un juego muy entretenido e innovador, gracias a la mezcla que hace entre el mundo digital que aparece en nuestros smartphones y los entornos físicos que se exploran para jugar. Salir a la aventura de capturar un personaje escondido en las calles por donde caminamos, en un parque o en un edificio cualquiera es una evolución al típico juego de consola que se practica sentado frente al televisor.

Eso sí, como todo, cuándo se pierde la perspectiva y algunos pasan de un divertido juego a una obsesión, comienzan los problemas. Hay desde quienes han renunciado a su trabajo para dedicarse a encontrar pokémones; pasando por los que chocan autos de policía estacionados por ir mirando su celular; y hasta los que se han caído a las líneas del metro por no levantar la mirada, entre otros muchos accidentes. Lo más grave es que no hablamos de niños sino de adultos incapaces de disfrutar un juego sin caer en esa estúpida imprudencia.

Por eso me pareció oportuno escribir algunas ideas sobre un lado más serio de los juegos en línea compuesto por algunos aspectos legales que están asociados. La idea no es demonizar estos juegos ni generar alarma, son divertidos y no me opongo a su difusión. Eso sí, como adultos, deberíamos poder dimensionar que los juegos, por entretenidos y sorprendentes que nos resulten, tienen una faceta de riesgo para nosotros o para los niños, que no deberíamos soslayar.

1. Sobre el mundo World of Warcraft, League of Legends y otros juegos de rol

Hace aproximadamente 15 años atrás, en uno de mis primeros viajes a Concepción para impartir clases de Magister, un profesor amigo me llevó a la casa de un economista que él conocía. Cuando llegamos, aún recuerdo que lo interrumpimos mientras jugaba algo que para mí fue toda una novedad. Se trataba de una historia de fantasía, con guerreros, magos, monstruos que convivían y combatían para sobrevivir. Se trataba del famoso World of Warcraft.

Allí conocí más de cerca los juegos de rol en línea, similares al que hoy también es locura entre los gamers más adolescentes: League of Legends.

A los pocos minutos de explicación sobre las reglas del juego, ese economista me dijo algo que me sorprendió: con en ese juego ganaba dinero. Claro, podía recolectar oro digital y luego venderlo a otros jugadores. Es más, gracias a los poderes, habilidades y armas que había adquirido su avatar lo transformaban en un valioso personaje y ya existían jugadores dispuestos a pagarle incluso más de $1.000.000 de pesos chilenos de la época para comprárselo. Sin embargo, para él aún no era una oferta atractiva.

Por supuesto le pregunté cómo materializaba esas transacciones y me explicó que para ello no había mucha formalidad, no era necesario conocer personalmente al comprador, bastaba con que fuera un usuario del juego, es decir, confiaba solo en un seudónimo de alguien -o algo- con quien chateaba mientras jugaba. Por lo tanto, podía llegar a un acuerdo sobre el objeto virtual, el precio y la forma de pago, de manera meramente consensual, sin grandes firmas de por medio, con cualquier persona, de cualquier lugar del planeta.

Por lo tanto, una primera conclusión que podemos sacar de los juegos en línea es que en las comunidades virtuales que se generan entre los jugadores nacen relaciones jurídicas reales, con transacciones válidas y contratos no escritos que se cumplen, basados en la confianza entre los jugadores.

Sin embargo, hay riesgos. La confianza sobre la que se sustenta la comunidad virtual puede destruirse fácilmente cuando aparecen estafadores, o si la voluntad de vender deja de ser seria o se negocia con una contraparte que es incapaz de contratar por sí solo. Además, aparecen nuevas modalidades de delitos como el secuestro del avatar de un usuario.

2. Minecraft y los menores de edad

He conocido a través de mi hijo el mundo Minecraft. Un juego con gráfica descuidada, de ritmo lento, pero que bajo su dinámica de crear cosas con bloques y de no ser sangriento, ha vuelto en adictos a los más pequeños. En la aparente inocencia de este juego también pueden aparecer riesgos. Por ejemplo, el acoso que pueden sufrir los niños de parte de otros usuarios que se dedican a destruir lo que otros construyen y, obviamente, el tiempo valioso de aprendizaje y experiencias que están dejando de vivir por estar conectados a un juego durante horas.

Pero quiero detenerme en otra situación, generada cuando estos juegos y las consolas que utilizan exponen a los niños desde la comodidad de su habitación. No a mucho andar en el mundo Minecraft comienza el interés por jugar en línea con otros amigos e, incluso, con desconocidos, aunque los niños siempre los imaginarán como otros niños iguales a ellos.

En ese momento abren cuentas de usuarios y, con ello, hay un riesgo alto de que los menores, inocentemente, compartan datos a desconocidos. Desde sus gustos y hábitos –que es a mi juicio lo más grave y peligroso-, hasta sus claves e, incluso, la información de tarjetas de crédito de sus padres. Con ello se abre la posibilidad para que adultos, escondidos en el anonimato, estafen a menores y realicen cargos o compras con esa información.

Hay que advertir, eso sí, que es difícil desconocer luego esas compras o esos cargos a las tarjetas, porque en rigor, fueron proporcionadas voluntariamente desde un entorno presumiblemente de control del titular. Por ello, creo que la principal medida de resguardo es impedir que los menores accedan o manejen esos datos, incluso supervisados y, por supuesto, que no compartan nunca datos de contraseñas con supuestos amigos en línea.

3. El riesgo de modas como Pokémon Go

Para este tipo de juegos es fundamental que permitamos la entrega de nuestros datos de geolocalización. Para poder encontrar estas figuras, nuestros dispositivos envían datos personales sobre el lugar donde estamos. Por esa razón es importante tener presente que otras personas sabrán nuestra ubicación.

Esto ha generado una oportunidad para los delincuentes, que esperan en lugares apartados, donde hay "mascotas digitales", para asaltar a los jugadores distraídos que van llegando. Ojalá que cuándo Pokémon Go se encuentre en Chile, a ningún alcalde creativo se le ocurra poner globos de vigilancia con el pretexto de que así los “gamers” vecinos pueden “jugar de forma segura”.

Por otra parte, como es una moda tan exitosa, las ansias por jugar también han resultado contraproducentes. Existen muchos sitios no oficiales con supuestas aplicaciones que se pueden descargar para jugar Pokémon Go. Sin embargo, ello abre un sinfín de posibilidades para infectar los celulares con malware, capturar datos personales grabados en el equipo, o acceder a otras funcionalidades del Smartphone, como el micrófono o el teléfono.

Aunque tal vez no lo advierta, es grave que un tercero desconocido, de manera invisible, sin nuestro conocimiento y sin nuestra autorización, extraiga nuestros datos personales, incluyendo la ubicación. Lo mínimo que exige la legislación es que seamos informados previamente y de forma clara y, en esas condiciones, podamos permitir o no la entrega de datos. Es importante conservar el derecho a decidir si queremos asumir el costo de entregar nuestros datos a cambio de jugar en línea. Es decir, no hay que prohibirlo, sino más bien sincerarlo. Sin embargo, juegos como Pokémon Go, en especial si son aplicaciones modificadas para estafar, pueden pasar por alto esta garantía mínima que tenemos todas las personas.

Por eso la invitación es simple, si te gustan los juegos online o son parte de la vida de tus hijos, diviértete y permite que los disfruten, pero con las prevenciones suficientes para que no se transformen en amargas experiencias.

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